Por Melvinson Almánzar
Por años, los mercados energéticos han demostrado su capacidad de desestabilizar economías enteras en cuestión de días. Sin embargo, lo ocurrido desde el 28 de febrero de 2026, tras el estallido del conflicto con Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, ha sido como advierte la Agencia Internacional de la Energía, “la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial”.
Según la Agencia Internacional de la Energía, esta situación representa la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial. El WTI superó los 106 dólares por barril, impulsado por la guerra en Oriente Medio y ha subido 53 % en marzo 2026. El precio del crudo Brent se disparó de 73 a 120 dólares en apenas diez días, tras el cierre del estrecho de Ormuz el 4 de marzo, con un volumen de ventas que superó los 10 millones de barriles diarios, evidenciando la magnitud del impacto global.
En los casos más críticos, varias naciones ya experimentan un colapso en el suministro. Bangladesh, altamente dependiente de importaciones, enfrenta la paralización de bombas de agua y el cierre de universidades. Pakistán, con una fuerte dependencia de los países del Golfo, ha reducido su semana laboral a cuatro días y mantiene escuelas cerradas. En Sri Lanka, el racionamiento es obligatorio, incluyendo pases de combustible y un día festivo semanal para reducir el consumo, mientras que Zimbabue sufre una grave escasez.
En cuanto a los aumentos más pronunciados, Camboya lidera con un alza del 68%, el mayor incremento de gasolina a nivel mundial. Vietnam registra un aumento del 50%, acompañado de compras de pánico y escasez. Nigeria y Laos también presentan incrementos significativos, con 35% y 33% respectivamente.
En América, la situación es grave. Estados Unidos reporta un aumento del 37% en el diésel y del 27% en la gasolina, con precios que alcanzan hasta 5.29 dólares por galón en California. Canadá experimenta un alza del 28%, mientras que Brasil ha aplicado recortes de emergencia en impuestos a los combustibles y México mantiene precios controlados por el gobierno.
Europa también enfrenta una fuerte presión energética. Irlanda registra el diésel más caro de la Unión Europea, superando los 2.30 euros por litro. Alemania, Francia, Italia, Países Bajos y Finlandia superan los 2.00 euros por litro, con riesgos crecientes de recesión y medidas como liberación de reservas estratégicas y recargos industriales. España presenta un incremento del 27%, mientras que el Reino Unido proyecta una inflación superior al 5%. Otros países como Austria, Portugal y Hungría han optado por reducir impuestos o establecer precios máximos.
En Asia, aunque los precios están más controlados, la situación sigue siendo frágil. Japón y Corea del Sur dependen en gran medida del Golfo y han activado medidas de emergencia, incluyendo límites de precios. China ha restringido las exportaciones de combustible, mientras que India mantiene subsidios para contener un aumento limitado, aunque se anticipan presiones futuras. Tailandia y Filipinas también han implementado controles, este último declarando estado de emergencia, mientras que Singapur y Taiwán enfrentan interrupciones en el suministro de gas natural licuado.
En Oriente Medio y África, Egipto ha registrado aumentos entre 15% y 22% en combustibles y gas doméstico. Jordania y Etiopía enfrentan fuertes tensiones energéticas, mientras que Nigeria vuelve a destacar por sus incrementos. En contraste, países productores como Arabia Saudita, Rusia y Emiratos Árabes Unidos se mantienen relativamente estables ante la crisis.
República Dominicana en el contexto de la crisis
En ese contexto global convulso, el caso de la República Dominicana merece una lectura distinta: la de una economía importadora de hidrocarburos que, sin ser productora, ha logrado amortiguar el impacto de una crisis sin precedentes.
A diferencia de otras naciones de la región, donde los combustibles han experimentado aumentos abruptos o descontrolados, la República Dominicana ha mantenido una política de precios más estable y predecible. Esto no es casualidad.
El país ha recurrido a un mecanismo que, aunque costoso fiscalmente, ha sido clave: subsidios focalizados a los combustibles para evitar que la volatilidad internacional se traslade de forma directa al consumidor. Este enfoque ha permitido contener el impacto inflacionario y proteger sectores sensibles como el transporte, la producción agrícola y el comercio.
En momentos donde países como Brasil han tenido que recortar impuestos de emergencia o México imponer límites de precios, la estrategia dominicana ha sido más preventiva que reactiva.

Gestión, previsión y disciplina
El análisis de tendencias energéticas, como los compartidos por perfiles especializados tipo “LimitlessCobz”, enfocados en mercados desde 2008, coincide en un punto clave: las crisis del petróleo no solo se enfrentan con recursos, sino con planificación. Y ahí es donde la República Dominicana ha ganado terreno.
La combinación de: compras estratégicas, diversificación de suplidores, manejo prudente de inventarios y una política activa de subsidios. Todo esto ha permitido evitar escenarios críticos como los vistos en Asia o África, donde el desabastecimiento ya es una realidad. Más allá de los números, el mayor logro ha sido social.
En países donde el combustible escasea o se vuelve inaccesible, el efecto dominó es inmediato: transporte paralizado, alimentos más caros, servicios interrumpidos. En cambio, en la República Dominicana, la cotidianidad, aunque presionada, se ha mantenido operativa:
- No ha habido racionamientos.
- No se han paralizado sectores productivos.
- No se han reducido jornadas laborales.
Y eso, en medio de una crisis global de esta magnitud, no es menor.
Mientras productores como Arabia Saudita o Rusia se mantienen estables por razones obvias, el mérito de la República Dominicana radica en algo más complejo: sostener estabilidad sin tener petróleo.
Esto posiciona al país como un caso de estudio dentro del Caribe y América Latina, donde muchas economías aún dependen fuertemente de decisiones externas y carecen de mecanismos de amortiguación efectivos.
La crisis energética de 2026 aún no ha terminado. De hecho, muchos analistas advierten que lo peor podría sentirse en los próximos meses.
Pero si algo ha quedado claro hasta ahora, es que la República Dominicana ha logrado navegar la tormenta con una combinación de control, previsión y capacidad de respuesta. En un mundo donde el petróleo vuelve a dictar el ritmo de la economía global, mantener la estabilidad no es suerte: es gestión.
Y en ese terreno, el país, al menos hasta ahora, ha sabido jugar bien sus cartas.








